Básicamente consiste en un reportaje fotográfico donde se muestre con la mayor naturalidad y realidad los hechos que acontecen. Sin poses ni situaciones preparadas y/o artificiales. Sin teatro ni añadidos, sino mostrando el natural devenir de los hechos de un día que ya de por sí es especial y mágico.

Se trata de lograr la mayor espontaneidad y frescura, la realidad de un día lleno de emoción, acción y sentimiento. El fotoperiodista de boda no es sólo un profesional con técnica, sino que debe saber capturar esa emoción, acción y sentimiento. Debe impregnarse de esa magia y ser un testigo más que materializa para siempre el recuerdo de un día inolvidable. Para ello se debe ser un especialista en muchos ámbitos, no sólo técnicos sino psicológicos para sacar lo mejor del momento y del cliente, sin modificar la realidad que le rodea en ese día.

Se contrata a un profesional que va narrar una historia, a quien va a capturar las imágenes que cuentan ese día, todas, no sólo unas instantáneas típicas y/o oficiales. Se engloba todo, las fotografías de todo tipo, desde las que son recuerdo hasta las que son pura emoción.

El fotógrafo no debe molestar, sino todo lo contrario. Permanecer invisible y atento a todo lo que sucede; desde los momentos importantes hasta los más mínimos detalles. De esta forma, en el futuro, la pareja o quien sea, viendo las fotografías hará regresar a su mente la realidad de ese día o podrá imaginarlo con la mayor fuerza si no estuvo presente.

El fotógrafo debe tener unas características emocionales que le permitan reconocer los momentos que deben ser fotografiados y la sensibilidad para captarlos de la manera más bella y artística. Eso lo saben reconocer los novios cuando buscan un profesional, cuando miran a los ojos a la persona en la primera entrevista. Recae sobre ellos la responsabilidad de inmortalizar su día para siempre de la manera más hermosa y emotiva.

La tecnología no sólo ha permitido a los profesionales tener equipos que logran maravillas, sino que muchas personas aficionadas creen poder realizar fotografías con equipos medios. Eso es una trampa que ha echado por tierra tristemente muchos recuerdos de boda al encargar el trabajo a no profesionales que con todo el cariño del mundo quisieron pero no lograron captar lo mejor.

No vale sólo con tener una cámara digital de calidad, sino que depende de cientos de otros factores que un buen fotoperiodista debe calcular y realizar en segundos. El objetivo correcto para el efecto determinado, calibrarlo, usar la luz idónea que siempre cambia, el encuadre ideal y la colocación perfecta. Eso no lo hace cualquiera y por ello no es nada fácil lograr imágenes realmente vivas, realmente bellas.

El fotoperiodismo de boda no consiste en no mirar a la cámara, ni en no localizar algunas escenas. Se pueden realizar fotografías en lugares importantes para la pareja o hermosos sencillamente para ellos, y se puede mirar a la cámara, pero con naturalidad y emoción, no con frialdad y artificialidad. Se trata de captar la realidad, lo mágico, el amor.

Puede haber poses, pero no artificiales. Incluso lo más valioso de estos reportajes es enseñar al cliente a posar, a mostrar lo mejor de sí, a darle confianza en sí mismo para que, a partir de ese momento, siempre se guste en fotografías porque sepa ser él mismo y aceptarse.

El reportaje tradicional es todo lo contrario, amparado en costumbres que no son más que imposiciones de ausencia de calidad por fotógrafos mediocres durante décadas. Y son ahora cada vez más los fotógrafos y fotógrafas que están tomando nota de este estilo de fotografía muy afianzado en el extranjero; queriendo mejorar para ofrecer al cliente algo nuevo que les distinga de lo vulgar y les permita ser profesionales entregados en su pasión; la fotografía.

Por Fran Russo (Imágenes de la estadounidense Anna Kuperberg)

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